Los Juegos Olímpicos de Pekín serán recordados por su grandiosa ceremonia de inauguración, por la amenaza de la contaminación en la capital china o por la épica final de baloncesto que disputaron Estados Unidos y España. Pero, sobre todo, serán recordados por la irrupción de dos fenómenos que llenaron portadas e hicieron historia: Usain Bolt y Michael Phelps. Sus hazañas compitieron fieramente y sería injusto que los méritos de uno son más valiosos que los del otro. Sin embargo, en los últimos tiempos han dado señales de cierta dejadez, han dejado la sensación de que ya se han aburrido de ganar. La continuidad de sus legados podría estar en peligro.
Realmente, parece muy exagerado hablar de un bucle decadente en la carrera de Usain Bolt. Desde su discreta llegada a Pekín, a la que asistieron menos de 20 periodistas y que no presagiaba la tormenta de triunfos que se desataría días después, el jamaicano ha arrasado. En los Juegos Olímpicos ganó el oro en los 100m, los 200m y el 4x100, con sus respectivos récords mundiales. En Berlín, en los Mundiales del año pasado, repitió hazaña batiendo de nuevo sus marcas en las pruebas individuales. Ni es necesario recordar esto ni es discutible la posición de Bolt como mejor velocista de siempre.
Este año, sin embargo, la estrella caribeña no ha brillado tanto. Quizás la ausencia de una gran cita internacional ha provocado una falta de alicientes que ha llevado a Bolt a poner fin a la temporada prematuramente. La ausencia de motivación y algún que otro problema físico podrían explicar la vulnerabilidad que ha presentado Bolt este año. De hecho, la mejor marca de 2010 en el hectómetro no la posee él, sino Tyson Gay.
Más allá de esto, diversas declaraciones en las que afirmaba que le gustaría probar en el fútbol profesional o que podría poner fin a su carrera antes de la treintena ponen en tela de juicio el hambre de triunfos que debería tener Usain, que a sus 24 años tiene margen de mejora y mucho tiempo por delante para hacer historia. Esto no deja de ser una hipótesis catastrofista y, esperemos, equivocada, que debe esperar a los Mundiales del año que viene o, incluso, a los JJOO de Londres para comprobar si Bolt está o no saciado de tanto ganar.
Las dudas sobre Michael Phelps se dispararon antes, cuando se le fotografió fumando marihuana tras ganar ocho medallas de oro en Pekín. La FINA especuló con suspenderlo sin disputar los Mundiales de Roma de 2009, aunque finalmente compitió. La falta de entrenamiento le obligó a acortar su programa a seis pruebas, de las que ganó cinco, quedando segundo en la restante.
Ha sido en los campeonatos Pan-Pacíficos de este año donde Phelps ha parecido batible por primera vez en años. Aunque ganó cinco medallas de oro, sufrió dos derrotas totalmente inusuales en él: una, en los 200m estilos, donde cayó por primera vez en su vida (acabó 4º) ante Ryan Lochte, un gran nadador que siempre ha permanecido a la sombra del de Baltimore; la otra, en los 400m estilos, prueba en la que ni siquiera llegó a la final. Como en el caso de Bolt, habrá que ver su rendimiento en las próximas grandes competiciones para ver si este bajón es flor de un día o no.
El debate aquí es el siguiente: ¿En qué punto se aburre un deportista de ganar? ¿Qué circunstancias pueden llevar a una estrella a su debacle tras acumular victoria tras victoria? Las situaciones de Bolt y Phelps son difíciles de comparar por la magnitud de lo que han conseguido, pero ya hemos visto la decadencia monstruosa de Ronaldinho tras ser el mejor futbolista del mundo, o cómo Maria Sharapova se dejaba embaucar por las pasarelas tras ser número uno del mundo en tenis. Lo que está claro es que, al igual que fueron los Juegos Olímpicos los que encumbraron a nuestros dos protagonistas, ellos dictarán sentencia y mostrarán en qué estado se encuentra el espíritu competitivo de ambos.
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