jueves, 16 de septiembre de 2010

Gestas y Héroes. Piet Van Katwijk y el Alpe d'Huez

Si hay una característica, una componente que defina al ciclismo con afinidad, es la épica. El ciclista es un sufridor, un animal competitivo capaz de rendir por encima de sus posibilidades físicas y mentales. Un deportista que tiene que afrontar desafíos de dureza incomparable. Un temerario que se juega la vida bajando por carreteras abismales y exprimiendo su cuerpo al máximo. Todo ello, tirando de carácter, tirando de épica.

Hablar de ciclismo es hablar del Alpe d'Huez, una montaña que se ha mitificado gracias al Tour de Francia. Desde que se subió por primera vez en 1952, 26 etapas han terminado en la estación alpina. Esta es una de las cosas que hacen grandes a este puerto; al tener una sola cara, siempre ha de situarse al final del recorrido, como meta de la etapa. De ahí su decisividad, ya que en sus rampas se han decidido multitud de rondas galas. Cuando uno sube el Alpe d'Huez sabe que, si lo corona en primer lugar, se lleva el triunfo. La iconografía de esta montaña también es amplia y famosa. Las 21 curvas de herradura, los aficionados holandeses ataviados de naranja pegados a la calzada, los nombres de los ganadores escritos en cada giro. No es el puerto más alto, ni el más largo, ni el que tiene mayor desnivel, pero sí el más legendario. Es, sin duda, la Meca del Tour y del ciclismo en general.

Esta es una historia a la que se hace referencia en la imperdible novela El Alpe d'Huez, de Javier García Sánchez. Nos situamos en 1977: la etapa reina del Tour terminaba en la citada montaña tras pasar por el Glandon y el Col de la Madeleine. Fue una etapa formidable, que apuntaba a decidir la victoria final. Fue una etapa que deparó una exhibición monstruosa del holandés Hennie Kuiper, que literalmente destrozó la carrera. El líder, Bernard Thévenet, no aguantó al escalador neerlandés, pero sí el maillot amarillo que llevaría hasta París. Eddy Merckx, en su último Tour, sufrió un tremendo desfallecimiento y llegó a casi un cuarto de hora del vencedor. Treinta de los 88 corredores fueron descalificados por llegar fuera de control. Uno de ellos es nuestro protagonista.

Piet Van Katwijk era un sprinter notable. Joven, alto, robusto. Una de las revelaciones de aquel año, asiduo en las primeras posiciones en las llegadas masivas, competía para el mismo equipo que Kuiper y también era holandés. Había pasado mal los días anteriores a la etapa reina, inmerso en un proceso gripal, con fiebre y diarrea. No parecía estar en las condiciones óptimas para llegar a París, máxime cuando tenía que superar un día tan duro como el que se avecinaba. Algunos le recomendaron no tomar la salida, pero Van Katwijk partió aquel 19 de julio, 184 kilómetros por delante y el Alpe d'Huez en el horizonte.

En la cima del Glandon perdía una hora respecto a la cabeza de carrera, lo cual prácticamente aseguraba que llegaría fuera de control. Detrás de él sólo circulaba el coche-escoba, conducido por uno de los clásicos de la Grande Boucle, Tonton Gallopin. El estado físico del holandés era deplorable, y Gallopin, los organizadores, los responsables de su equipo, todos le aconsejaron y le rogaron que bajara de la bici. La estampa, por duro que sea el término, debía ser penosa. Imaginaos: un ciclista empapado en sudor, de pedaleo cansino y sin cadencia, con la mirada perdida y el estómago descompuesto, asaltando todo un Alpe d'Huez.

Hay que tener en cuenta que ningún logro deportivo esperaba a Piet en la cima. A aquellas alturas, debía saber que estaba fuera de control y que no podría tomar la salida al día siguiente. Ya no estaba corriendo el Tour, estaba corriendo contra sí mismo a base de orgullo y amor propio. Corría por la necesidad y el deseo de coronar el mítico puerto. Corría, podría decirse, por puro amor al arte.

Van Katwijk continuaba en su empeño cuando los primeros aficionados y ciclistas comenzaron a descender en dirección a Bourg-d'Oisans, el pueblo donde comienza la ascensión y se alojan los asistentes y participantes de la carrera. Cual sería la sorpresa al descubrir al terco velocista que subía haciendo eses y haciendo un esfuerzo brutal cada vez que empujaba los pedales. Por mucho que le recordaran que estaba fuera de la competición, se negaba en rotundo a poner pie a tierra. Sólo pedía sucesivos bidones de agua y, de cuando en cuando, papel higiénico. La única vez que paró fue para ir a aliviarse tras unos arbustos.

Nadie se atrevía ya a recordarle su descalificación. Ciclistas y aficionados le animaban, diciéndole cuánto le quedaba para llegar arriba y advirtiéndole sobre los tramos más duros. Muchos se dieron la vuelta para acompañarle por algunos metros, conmovidos por el sincero tesón del holandés. El propio Gallopin diría que jamás había visto nada igual.

Cuando Piet Van Katwijk llegó a la cima del Alpe d'Huez, más de dos horas después de que Kuiper finalizara su gloriosa ascensión, las vallas ya estaban siendo retiradas y toda la parafernalia que mueve el Tour de Francia era recogida. En la meta, un comisario de la carrera tuvo que pasar por el vergonzoso trámite de comunicarle al exhausto corredor que había llegado fuera de tiempo y estaba descalificado de la competición. Al día siguiente, los periódicos resaltaban en sus portadas la batalla entre Kuiper y Thèvenet y la pájara de Eddy Merckx, así como la asombrosa reducción del número de participantes en liza, que pasó de 88 a 58. Unos pocos, sin embargo, verían a Van Katwijk como el héroe anónimo de la jornada.

Piet regresó a Amsterdam al día siguiente. Según cuentan, a su llegada estaba realmente feliz y satisfecho de sí mismo. El suyo fue el combate de quien ha de demostrarse algo a sí mismo, no a los demás. Su lucha titánica contra sus propias limitaciones físicas y la ausencia de motivaciones estrictamente deportivas hacen de él un personaje inimitable, autor de una de las mayores gestas de la historia del ciclismo aunque al final no subiera a ningún podio. Ni falta que hacía. Derrotó al Alpe d'Huez y para él fue más que suficiente.

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